Gillespie tardó en reconocer el buque. ¿Qué hacía él allí?… ¿Quién le había traído?… Quiso echar una pierna fuera del sillón, y su pie tropezó con algo que resbalaba sobre la madera lanzando un susurro, como de frote de papeles.
Al avanzar su cabeza vió un libro caído, que tenía el lomo en alto, ostentando en su tapa de colores un hombre con casaca á la antigua, las piernas en forma de compás, y pasando entre ellas un ejército de pigmeos. La vista de este dibujo le ayudó á despertar completamente, reanudando el funcionamiento de su memoria.
No había hecho mas que dormir, como tantos protagonistas de cuentos y comedias, soñando con arreglo á su última lectura y viendo las escenas de su ensueño lo mismo que si realmente transcurriesen en la realidad.
Sintió un escalofrío, y poniéndose de pie, miró su reloj. Eran las ocho. Los pasajeros debían estar ya terminando de comer. Al extremo de la cubierta de paseo jugueteaban tres niños vigilados por una institutriz. Tal vez les pertenecía aquel libro que había hecho pasar á Gillespie cuatro horas de continuos ensueños, inmóvil en un sillón, mientras por el interior de su cráneo desfilaban las escenas de una historia tan interesante como inverosímil.
Al verle despierto y de pie, los niños hicieron esfuerzos por ocultar sus risas. Debían haber pasado muchas veces ante su asiento, contemplando cómo se agitaba y hablaba en voz baja sin dejar de dormir.
La risa sofocada de los tres y de la institutriz le hizo abandonar el puente, bajando á los salones del paquebote. El americano, después de tanto soñar, sentía hambre, un hambre sólo comparable á la que había sufrido cerca del puerto de la Ciudad-Paraíso de las Mujeres mientras esperaba inútilmente el envío de víveres prometido por la enamorada Flimnap.
Pero la evocación de esta parte material de su ensueño sirvió para resucitar en su memoria la imagen de la dulce Popito y la escena de su muerte.
Pepito era miss Margaret, y al recordar cómo había fallecido sobre una de sus manos y cómo la había arrojado al agua, se sintió invadido por los más tristes presentimientos.
Reconoció de pronto que los supersticiosos no son dignos de burla, como él había creído siempre. Se imaginó que todo lo que llevaba visto en sueños no era mas que una preparación para llegar á la muerte de Popito y que esta muerte debía considerarla como un aviso de las potencias misteriosas que rigen el curso de la vida humana.
—Miss Margaret ha muerto, estoy seguro de ello—se dijo el joven.