Y en el comedor, cada vez más solitario, pues los pasajeros abandonaban ya las mesas, Gillespie dejó intactos todos los platos que le presentó el camarero.
—Ha muerto, ha muerto indudablemente.
Cuando vió entrar al encargado de la telegrafía sin hilos del paquebote, mirando á un lado y á otro, con un pequeño sobre en una mano, Edwin se incorporó para atraer su atención.
Estaba seguro de que le buscaba á él, trayéndole la más fatal de las noticias.
Efectivamente, el telegrafista fué hacia su mesa y le entregó el despacho.
Gillespie abrió el sobre con mano temblorosa, buscando inmediatamente la firma del telegrama. ¡Lo que él había pensado!… El despacho iba suscrito por mistress Augusta Haynes.
No consideró necesario leer las líneas del texto. ¿Para qué?… Sólo un acontecimiento terrible podía obligar á esta señora, tan enemiga suya, á enviarle un telegrama.
—Ha muerto; efectivamente, ha muerto.
Danzaron ante sus ojos las luces del comedor; después se fueron debilitando, como si les faltase la fuerza del fluido. Un velo acuático acababa de correrse entre sus ojos y estas luces. Y para que los pasajeros retardados no le viesen llorar, Edwin Gillespie inclinó la cabeza permaneciendo así mucho tiempo.
Al fin volvió á abrir el despacho instintivamente, para leerlo línea por línea. Sentía el deseo amargamente atractivo que nos impulsa á paladear los grandes dolores. Necesitaba saber cómo había sido su desgracia, conocerla detalle por detalle, rebuscando entre las palabras inmóviles y secas del telegrama la vibración de aquella catástrofe, sin interés para el resto de los humanos, pero la más grande que podía ocurrir en el mundo para la madre y para él.