Se movió en su asiento nerviosamente al leer las primeras palabras. ¡Miss Margaret no había muerto!… La madre le decía simplemente que su hija estaba enferma, muy enferma, y para que recobrase la salud, ella rogaba á Gillespie que regresase cuanto antes á los Estados Unidos.

Quedó aturdido por el texto inesperado del despacho. Experimentó una gran alegría, avergonzándose á continuación de ella. El desesperado pesimismo que había sentido en los primeros momentos se reprodujo, haciéndole buscar en el telegrama la parte más alarmante, ó sea las primeras palabras.

¿Qué importaba que la orgullosa señora, olvidando la altivez con que siempre le había tratado, se humillase hasta formular este llamamiento?… Lo concreto, lo seguro, era que Margaret estaba muy enferma. Para que mistress Augusta Haynes se decidiese á llamar al ingeniero Gillespie—pretendiente que nunca había sido de su gusto—era preciso que la hija estuviera en verdadero peligro de muerte. ¡Y él que se hallaba al otro lado del mundo, separado por una navegación de varias semanas!…

Pasó la noche sin dormir, saltando de su lecho para pasear por el puente y volviendo á meterse en el camarote con un deseo siempre incumplido de lograr un poco de sueño.

—¡Quién sabe si ya habrá, muerto!—pensaba tenazmente bajo el influjo de su pesimismo—. Cuando la madre ha enviado este despacho, es indudable que Margaret va á morir…. ¡Y yo sin poder realizar los deseos de esa señora, que parece me espera con ansiedad!… ¡Qué idea la mía de emprender un viaje á estas tierras remotas!

Después del amanecer subió á la última cubierta, paseando cerca del puente de mando para poder hablar con alguno de los oficiales.

Encontró á uno que no se parecía en nada al que había visto durante su ensueño, ocupando juntos el mismo bote cuando abandonaron el buque próximo á hundirse.

Quiso saber los medios más seguros para regresar á los Estados Unidos cuanto antes, y el oficial le habló de un paquebote que partiría de Melbourne horas después de la llegada de éste en que iban ellos.

La buena noticia animó un poco á Gillespie, haciéndole pensar en la remota posibilidad de que sus asuntos pasionales obtuviesen finalmente una solución dichosa.

Cuando se dirigía al comedor en busca del desayuno, escuchó su nombre. Era el empleado del telégrafo, que le buscaba para entregarle un nuevo despacho.