Aprovechó la ocasión Gillespie para preguntar algo que le traía preocupado desde que supo la gran victoria de las mujeres. ¿Cómo habían conseguido las vencedoras, dedicadas la mayor parte del tiempo á los asuntos públicos, emanciparse de la servidumbre de la maternidad?
—¡Oh, gentleman!—dijo Flimnap—. Eso podía ser un problema en otra época, cuando la ciencia estaba aún en sus descubrimientos elementales. La maternidad entre nosotros no representa ya mas que una corta molestia. Un simple resfriado da más que hacer y obliga á mayores pérdidas de tiempo. Este progreso de la ciencia es el que más ha favorecido nuestra emancipación. Las mujeres sólo tienen que preocuparse por unas horas del acto maternal, é inmediatamente vuelven á sus trabajos, sin guardar huella alguna del accidente. Mi colega el profesor de Física debe estar á estas horas trabajando en su laboratorio.
—Pero ¿quién cuida á los hijos?—preguntó el gigante.
—Les cuidan los varones, como es su deber. Antes de venir aquí he visitado á la esposa masculina de mi colega el profesor de Física, que estaba en la cama con su pequeño. Son los hombres los que se acuestan para dar calor al recién nacido, mientras las mujeres vuelven á sus funciones, momentáneamente interrumpidas, para ganar el dinero que necesita la familia.
El gigante lanzó una carcajada que hizo temblar el techo de la Galería, levantando un eco tempestuoso. Después, al serenarse, contó al profesor que muchos pueblos salvajes, allá en la tierra de los gigantes, habían seguido la misma costumbre.
—Es que esas pobres gentes—dijo el sabio con sequedad—presentían sin saberlo el triunfo de las mujeres.
Su enfado por las risas del Gentleman-Montaña no duró mucho. Además, Gillespie, queriendo desenojarla, se colocó bajo una ceja la lente que le había regalado para que la contemplase. El enorme cristal estaba pulido con una perfección digna de los ojos de los pigmeos, los cuales podían distinguir las más leves irregularidades de su concavidad.
Vió Edwin á su amiga, á través del nítido redondel, considerablemente agrandada. A pesar de su obesidad era relativamente joven, sin una arruga en el plácido rostro ni una cana en la corta melena. Gillespie, que la creía de edad madura, no le dió ahora más de treinta años, y acabó por sonreir, agradeciendo la mirada de simpatía y admiración que el profesor le enviaba á través de sus anteojos de miope.
Luego se dió cuenta de que el profesor, á pesar de la severidad de su traje, llevaba sobre su pecho un gran ramillete de flores. Flimnap acabó por depositarlo en una mano del gigante, acompañando esta ofrenda con una nueva mirada de ternura.
Lo único que turbaba su dulce entusiasmo era ver que la cara del coloso se hacía más fea por momentos. Aquellas lanzas de hierro que iban surgiendo de los orificios epidérmicos tenían ya la longitud de la mitad de uno de sus brazos. Había dirigido en las últimas veinticuatro horas dos memoriales al Consejo que gobernaba la ciudad pidiendo que le facilitase una orden de movilización para reunir á todos los barberos y hacerles trabajar en el servicio de la patria. Pensaba dividirlos en varias secciones que diariamente cuidasen de la limpieza del rostro del Gentleman-Montaña, así como de la corta del bosque de sus cabellos.