Al encontrarse con algún grupo de míseros compatriotas, intentaba reanimarlos lo mismo que cuando hablaba en la plaza pública bajo el aleteo de las banderas, coreado por trompetas y tambores.
—Esto pasará pronto. He recibido magníficas noticias, que no puedo decir.... ¡Los nuestros se aproximan!
Pero su voz tenía el sonido de una moneda falsa. Necesitaba engañarse á sí mismo para hablar con el entusiasmo de otros tiempos, y «la loca de la casa» ¡ay! parecía haber muerto.
Un día, los alemanes, aburridos sin duda de repetir monótonamente los mismos procedimientos de intimidación—quema de edificios, fusilamientos, trabajos forzados—, pusieron en práctica un nuevo suplicio. La esclavitud del vencido, castigo de las guerras antiguas, fué resucitada por los invasores. Una parte del vecindario se vió deportada al interior de Alemania para trabajar las tierras del vencedor.
Viejos, mujeres y adolescentes formaron una masa de desesperación y miseria, encuadrada por los caballos y las lanzas de los jinetes alemanes. Al frente de este rebaño de esclavos figuraban, para mayor escarnio, los dos vecinos más respetables que habían quedado en la ciudad: Simoulin y su discípulo Pierrefonds.
—Comandante—dijo el poeta una vez más—, piense que el heroísmo que se sacrifica es más grande, etc....
Le daba miedo el aspecto del veterano. Tenía los ojos inyectados de sangre; bufaba de cólera, haciendo temblar su bigote. Parecía no oír á su maestro. Pensaba por primera vez que había sido una gran torpeza no moverse de la ciudad. Envidiaba á los que podían morir en el frente. «¡El comandante Pierrefonds llevado en cuadrilla, como un esclavo negro!... ¡Ira de Dios!»
Había pasado los días oculto en su casa, para no ver á los invasores. Su ama de llaves le evitaba toda salida, temiendo que hiciese un disparate. Pero ahora los tenía ante sus ojos; podía verlos de cerca....
No eran muchos: un destacamento de infantería y unas cuantas parejas de hulanos iban á escoltar á los deportados hasta otra estación algo lejana.
Un jefe único vigilaba desde lo alto de su caballo los preparativos de marcha de este rebaño dolorido: un militar pálido y de una delgadez ascética. Simoulin creyó ver en él una expresión de cansancio y de remordimiento. Tal vez exageraba su rigidez militar para hacer menos visible la vergüenza que le producía esta vil función de guardador de esclavos.