Pierrefonds, en cambio, le miraba fijamente, por ser el jefe. Al iniciar el grupo su marcha, pasando ante el caballo del alemán, estalló la cólera del comandante, muda y reconcentrada hasta entonces. Quiso morir fusilado antes que dar un paso más.

—¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!—gritó con una voz ronca.

El hombre á caballo parpadeó vivamente bajo la visera de su gorra, hizo un movimiento de sorpresa y de cólera; quedó indeciso contemplando al prisionero. Los ojos agresivos de éste parecieron devolverle la calma, y miró á otra parte, levantando los hombros levemente.

«¡Suicida!» Y esta palabra, que pareció proferir el enemigo con su indiferencia afectada, irritó aún más al comandante. También le irritó el automatismo de aquellos soldados, que indudablemente le habían entendido; pero eran incapaces de oír mientras no oyese su jefe.

Quiso lanzar por segunda vez el insulto, pero no pudo. Alguien le tiraba del brazo; una cara se pegaba á la suya, hundiendo en sus ojos una mirada de espanto.

—¡Pierrefonds! ¡Amigo mío! ¿Está usted loco? ¡Por Dios, cállese! Va usted á conseguir que nos fusilen á todos.

Y Simoulin dijo esto con tal expresión de angustia, que el comandante desistió de continuar.

Pero el miedo sufrido hizo rencoroso al poeta.

—¡Qué disparate!—continuó diciendo—. ¡Pero eso es una niñada sin objeto, impropia de su edad!...

Y transcurrieron muchos días sin que el grande hombre le perdonase el susto pasado.