Pero este público ya no se acordaba de él. La muchedumbre parecía haber perdido la memoria. Nadie se imaginaba ya al grande hombre abrazándose al comandante para morir. Las masas no aman la gloria colectiva, á causa de su vaguedad; quieren algo preciso é individual, les gusta el héroe aislado y bien á la vista. Y por esto hablaban todos del grito del señor Simoulin, del heroico reto del señor Simoulin á los enemigos, sin mencionar para nada al comandante.
El grande hombre, contagiado por el olvido general, tampoco recordaba su invención del abrazo y la hazaña en común. Veía las cosas como quería verlas «la loca de la casa»; se contemplaba elevando la diestra—tal vez como le iba á representar en lo futuro una estatua de bronce en el mejor paseo de la ciudad—y lanzando el grito famoso. Hasta podía describir exactamente, con su gran poder imaginativo, cómo ocurrió el hecho. Y al transcurrir el tiempo, iba encontrando en su memoria nuevos detalles que añadir á la primitiva visión, todos de indiscutible veracidad.
El comandante empezó á aborrecer de un modo definitivo todo lo que le rodeaba. Muchas veces dudó de sí mismo. ¿Lo que él creía la verdad no sería un sueño, y los otros, al olvidarse de él, estarían verdaderamente en lo cierto?...
Luego, recobrando la fe en sí mismo, despreciaba á sus conciudadanos y no quería salir de su casa.
¿Para qué ver gentes? ¿Para oírles alabar al señor Simoulin y su grito histórico?...
Ya no veía al maestro. Le resultaba intolerable la inocente seguridad con que describía su hazaña. «La loca de la casa» se mostraba en él como una desvergonzada, indigna del trato con personas decentes. Además, los alemanes le habían robado sus monedas y sus medallas, y le era doloroso volver á conversar con el maestro sobre cuestiones numismáticas.
Su única ocupación fué bostezar leyendo libros viejos, regar su pequeño jardín y hacer comparaciones entre su vejez y la de su ama de llaves.
Un día, vió turbada esta soledad. Le visitaron los organizadores de un banquete en honor de «nuestro poeta», con motivo de la nueva condecoración que le había concedido el gobierno.
Iba á ser la fiesta más importante de todas las que se habían tributado al grande hombre. Tal vez la última. ¡El pobre estaba tan viejo!... Vendrían de París diputados y senadores; hasta el ministro de Instrucción pública había prometido su asistencia.
—Y el maestro—continuaron los organizadores—ha preguntado por usted. Se extraña de no verle. ¡Le gustaría tanto tenerlo cerca, en la mesa!...