El enfurruñado comandante se negó á asistir á la fiesta, pero su vieja compañera le aconsejó lo contrario. Le convenía ver á sus antiguos amigos; necesitaba distraerse....
Al fin, accedió. Le había conmovido la suposición de que esta fiesta en honor de su antiguo maestro podía ser la última. Deseaba verle. ¡Quién sabe si no le vería más!...
La noche del banquete, el poeta le recibió con los brazos abiertos.
—¡Ah, Pierrefonds!... ¡Valeroso compañero de miserias y de esclavitud!...
Y lo presentó al ministro y á todos los personajes llegados de París.
—Un héroe, señores; un verdadero soldado y un gran patriota.
Pierrefonds gruñió dulcemente, y su bigote se contrajo con algo que parecía una sonrisa. Se sintió arrepentido interiormente de sus cóleras. El maestro era bueno; su fama la repartía con los humildes. Todo lo anterior había sido, indudablemente, obra de los envidiosos, que deseaban separarlos.
Durante el banquete, Simoulin no le perdió de vista. El comandante no podía estar a su lado; aspirar á esto hubiera sido un disparate. El maestro tenía por vecinos de mesa á los grandes personajes venidos de la capital. Pero lo había hecho sentar al alcance de su voz y de sus ojos, y hasta levantó su copa una vez mirando a Pierrefonds.
—¡A la salud de mi heroico compañero!...
¡Simpático maestro! ¿Cómo no quererle?... Su alma desconocía la injusticia.