—Eso ya lo hemos gritado, general. Pero falta un viva. ¿A quién le damos viva?

Martínez se rascó la cabeza por debajo del sombrero.

—No sé.... Esperemos. Hay que pensarlo. Yo veré qué personaje quiere ponerse á la cabeza de nuestra revolución. No faltará alguno. Debemos salvar la patria.

Por el momento, los sublevados sólo pudieron gritar: «¡Han violado la Constitución!» Pero ellos, por su parte, también deseaban violar algo; y como en toda sublevación mejicana bien ordenada y que se respeta, empezaron por asaltar, carabina en mano, las tiendas de los extranjeros ó á derribar sus puertas si estaban cerradas, llevándose el dinero y los géneros. Además, golpearon é hirieron á unos cuantos olvidadizos del pasado que se atrevían á protestar y hablaban de sus cónsules, como si las revoluciones de los años anteriores no les hubiesen enseñado nada.

Los soldados querían terminar pronto su trabajo. Estaban enterados del programa de todo general que se subleva en una ciudad. Lo primero es marcharse antes de que lleguen las fuerzas mejor organizadas que guarnecen la capital con toda su artillería. Después vuelven á ella si han adquirido nuevas fuerzas en el campo.

Lo mismo ocurrió esta vez. Doroteo Martínez se fué de la ciudad con sus «leales»; pero como necesitaba consolarse de que hubiesen violado á la Constitución, se llevó á viva fuerza á Dora. Sus hermanitos lloraron mostrando los puños impotentes á un automóvil en el que gritaba y se agitaba la maestrita sin poder librarse de sus raptores.

Todo el resto de la nación se asombró tanto como el vecindario de la ciudad. Una sublevación no tenía nada de extraordinario. En diez años no se había visto otra cosa. ¿Pero sublevarse Martínez, que siempre había estado de acuerdo con los que mandaban?...

En el Palacio de Méjico, el presidente provisional, los ministros y los personajes que dirigían al gobierno se miraban con extrañeza al comentar este acto inexplicable.

—Pero ¿qué le ha dado á ese hombre?... ¿Qué es lo que busca?... Si deseaba algo, no tenía mas que haberlo pedido.

El asombro les hacía suponer fuerzas ocultas y temibles detrás del sublevado. Algunos hablaron de meter inmediatamente en la cárcel á varios personajes de la capital para someterlos á un Consejo de guerra.