El poderoso caudillo que pasaba por ser el protector de Martínez y de su esposa parecía más indignado que los otros, para librarse de este modo de toda sospecha de complicidad.
Precisamente cuando hablaba de la conveniencia de fusilar á un hombre que no se había sublevado nunca y sólo se decidía á hacerlo cuando los antiguos insurrectos acordaban mantenerse en paz, anunciaron á la generala Martínez.
Entró doña Guadalupe. Muchos de los presentes, que eran jóvenes y tenían aficiones literarias, creyeron ver la imagen de la Venganza. Parecía con más bigote; los ojos le brillaban de tal modo, que era difícil mirarla de frente. Sobre la torre de su cabellera temblaba un gran sombrero de terciopelo que había sustituido momentáneamente á la gran peineta de su vida de salón.
—¿Le parece á usted bien lo que ha hecho ese imbécil?—gritó el protector antes de saludarla—. ¿No merece que...?
Pero se detuvo, impresionado por el aspecto de la generala. Nunca la había visto tan interesante: ni aun cuando se defendió de él con el látigo.
—Vengo á pedir al gobierno—dijo solemnemente la amazona—que me dé el mando de un batallón. Yo me encargo de batir á ese sinvergüenzón.
Y añadió que lo traería allí mismo, atado con una cinta de sus enaguas.
El presidente, los ministros y demás personajes empezaron á mirar con cierto interés risueño á la generala, dejando á su compañero la tarea de contestarle.
—¡Calma, doña Guadalupe!—dijo éste—. Hablemos en serio. Un batallón no se le entrega á una mujer.
—Entonces, pido que se me permita marchar con las fuerzas que saldrán á perseguirle. Ya sabe usted que yo he hecho la guerra. Deseo ir como simple soldado.