Eva lo reconocía, se acordaba perfectamente de que le había sido presentado asistiendo á sus recepciones en el Paraíso. Pero en vano tosía ó cantaba entre dientes para atraer su atención, adoptando posturas interesantes; el viajero aéreo se resistía á reconocerla, batiendo con apresuramiento sus alas para alejarse lo más pronto posible.

—¡De qué le sirve á una ser hermosa y vestir bien, si no recibe visitas y está condenada á vivir al margen de la sociedad!—decía Eva amargamente.

Y á impulsos de su rabia, desgarraba sus trajes más originales apenas terminados, buscando además camorra al pobre Adán, para acusarlo de ser el único autor de la pérdida del Paraíso.

—Sí, tú fuiste, ¡no lo niegues!—gritaba ella—. Tú me hiciste perder aquel jardín tan agradable y distinguido, con todas mis brillantes relaciones. Tú hiciste no sé qué lío con la serpiente, excitando la cólera del Señor.

Y el pobre Adán sólo sabía decir, como único remedio expuesto tímidamente:

—¡Si te ocupases un poco más de los niños! ¡Si dedicases menos tiempo á tus modas!...

Al oir estos consejos vulgares, la indignación daba á Eva un lenguaje poético.

—¿Quieres acaso que vaya desnuda?—decía con altivez—. Mira lo que hace el viento; es menos interesante que yo, no tiene cuerpo, y sin embargo se envuelve en una capa de polvo al correr á lo largo de los caminos y de un manto de hojas secas cuando atraviesa las selvas.


II