Miguel parecía inquieto. Había una expresión de tristeza en los ojos de este guerrero rubio, y algunas canas brillantes como la plata cortaban el esplendor de su cabellera de oro.

Pensaba en Lucifer.

Lucifer había sido tan rubio, tan arrogante y tan guerrero como él. Ahora, con el nombre de Satanás, era feo y estaba caído y pisoteado, como todos los rebeldes que no triunfan.

Durante muchos siglos, Miguel había permitido á los pintores y los escultores celestiales que le representasen teniendo bajo sus pies y su poderosa lanza á Satanás, el camarada y el adversario de otros tiempos. No había miedo de que algún habitante del reino celestial intentase una segunda sublevación pretendiendo continuar la rebeldía de Lucifer. Eran demasiado listos los de arriba para incurrir en error tan grosero. Pero el arcángel se daba cuenta de que Satanás, inerte bajo sus plantas durante tantos siglos, como si se hubiese resignado para siempre á su derrota, empezaba á agitarse, queriendo renovar la lucha.

El ángel caído por su soberbia revolucionaria contaba indudablemente con refuerzos extraordinarios, y como éstos no podía encontrarlos en el cielo, Miguel temía que los buscase en la tierra, previendo una serie de batallas de las cuales no saldría siempre vencedor.

Los papeles de la eterna tragedia iban tal vez á cambiarse. Satanás podía resultar victorioso, irguiéndose á su vez con arrogancia sobre el cuerpo caído de Miguel, vencedor en otros tiempos y ahora vencido.

—Majestad—insistió el guerrero—, dejemos cuanto antes á estos importunos.

El Señor abandonó su sillón. Fuera de la granja sonaron las notas chillonas de las trompetas de los arcángeles tocando llamada, y los rubios soldados de la escolta divina descendieron de los árboles con tal violencia, que no dejaron en ellos fruto ni hoja. Una nube de langosta no lo hubiese hecho peor.

La guardia se formó en dos filas ante la puerta, presentando sus armas, mientras el divino soberano salía lentamente, apoyado en un brazo de Miguel.

Eva le cerró el camino.