—Majestad: un instante.
Y corrió al establo, abriendo la puerta.
—¡No he dicho toda la verdad!—gritó con una voz emocionada por el remordimiento—. Tengo otros hijos. ¡Piedad, Señor, para estos pequeños! ¡Dadles un don cualquiera! ¡Que vuestra divina misericordia no los olvide!
El Todopoderoso contempló á esta muchedumbre de niños con estupor y repugnancia. Al mismo tiempo, su ministro de la Guerra fruncía las cejas, llevando instintivamente la diestra á la empuñadura del sable.
Miguel reconoció al futuro enemigo en esta horda sucia y revoltosa. Con estos monstruos contaba su adversario infernal para triunfar en el porvenir. Eran sus últimas reservas, las tropas de la desesperación. ¡Qué lástima no poder aplastarlos allí mismo, antes de que llegasen á crecer!...
—Vamonos, Señor—dijo empujando dulcemente á su soberano—. No hay que dar nada á esta canalla. Es mejor que todos perezcan.
Y repelió á Eva con rudeza, ordenándole que no insistiese en su demanda presuntuosa.
—No puedo hacer nada, pobre mujer—dijo el Señor excusándose—. No me queda nada que darles. Sus cuatro hermanos se lo han llevado todo.... No llores; no me gustan las lágrimas femeninas; yo reflexionaré y tal vez encuentre algo para ellos.... Ya veremos más adelante.
Pero la madre no se dejó convencer por estas promesas vagas:
—¡Señor, dadles cualquier cosa, pero ahora mismo! No importa el donativo. ¿Quién sabe cuándo volverá por aquí Su Majestad?... Me contento con un pequeño regalo para cada uno; un empleo, una ocupación. ¿Qué va á ser, si no, de estos pobrecitos?...