El arcángel iba á ordenar que una escuadra de la escolta celeste apartase á viva fuerza á esta mujer tenaz, cuando el Omnipotente encontró una solución gracias á su sabiduría infinita.

También él deseaba perder de vista cuanto antes la granja y su chiquillería repugnante.

El Señor se acarició su larga barba de plata y dijo á Eva:

—No llores, mujer; ya les he encontrado una ocupación, y no será ligera. Todos estos trabajarán para mantener á sus cuatro hermanos, sirviéndoles eternamente.

Hubo una larga pausa, y el tío Correa terminó así:

—Vosotros y yo, y todos los que pasamos la vida encorvados sobre la tierra para sostener nuestra miserable existencia, somos los descendientes de aquellos infelices que nuestra primera madre encerró en el establo.

Los segadores quedaron en un prolongado y reflexivo silencio. Pero de pronto, una voz surgió de la penumbra:

—¿Y las mujeres?... ¿Qué hace usted de las mujeres?

El tío Correa, sorprendido y perplejo, paseó una mirada por el corro de oyentes, preguntando:

—¿Qué mujeres son esas? ¿Qué tienen que ver las mujeres con esta historia?