Su amigo parecía sobresaltarse.
—No lo esperes. Únicamente se puede revelar el secreto el día de Viernes Santo. Si lo cuento otro día, perderé mi poder curativo hasta el Viernes Santo del año siguiente.
Pero Morales empezó á importunar á su compañero con una tenacidad infantil durante semanas y semanas. Se acordaba de haber visto operar á Jaramillo padre cierto día que un vecino había regresado á su rancho con el brazo hinchado y negro por la mordedura de una serpiente. El brujo le había puesto unos remedios enérgicos sobre la herida, murmurando luego una invocación misteriosa sobre el reptil, muerto de un garrotazo.
Tú no eres un buen compañero—decía Morales con tristeza—. Yo te miro como mi única familia, y tú guardas secretos conmigo.
Jaramillo no quería quedarse desarmado por su indiscreción. ¿Y si le mordía á Morales uno de estos bichos venenosos al andar descalzo por los hierbales?...
—No hay miedo—decía el otro—. Acuérdate que me diste unas ligas de piel de anta, y las víboras huyen de mis pies al percibir el olor de este cuero.
Al fin, una tarde, Jaramillo hizo un esfuerzo, sacrificándose por la amistad.
—Ya que lo quieres....
Y cerrando los ojos le reveló el gran secreto. No había mas que inclinarse sobre la serpiente muerta y decirle en voz baja: «No eres víbora, que eres grillo.»
Inmediatamente el veneno perdía su poder ponzoñoso dentro del cuerpo de la víctima.