—¿Nada más?—preguntó Morales con visible decepción—. ¿Eso es todo?
Eso era todo. Pero las palabras había que decirlas en guaraní. Las serpientes, por ser del país, no pueden entender el español, lengua de Buenos Aires.
—Y ahora—terminó con melancolía Jaramillo—tendré que esperar hasta, el próximo Viernes Santo.
De pronto empezó á hacer frecuentes viajes á Asunción, la capital del Paraguay. Su amigo, alarmado por estas ausencias, le obligó á confesar la causa.
—Lo he visto—dijo Jaramillo misteriosamente.
Aunque no dió el nombre de lo que había visto, bastó el tono de su voz para que Morales adivinase á quién se refería.
Era el caburé. No podía ser otro. Los dos hablaban con frecuencia de él.
¡Quién tuviera una pluma de caburé, para ser invulnerable y por lo mismo el hombre más valeroso de la tierra!... Hasta el mismo Jaramillo padre, con toda su sabiduría, no había conseguido ver nunca un caburé en sus manos. Era muy difícil apoderarse de él. Por esto repitió el hijo, con una expresión de orgullo:
—Lo he visto: como te veo á ti.
Su poseedor era un gringo que vivía en Asunción sin más objeto que estudiar los animales y las plantas del país; un doctor alemán, gordo, rubicundo, de gafas doradas, muy amigo de bromear con las gentes simples del campo, para sonsacarles noticias. En el patio de su casa, que era tan grande como un claustro de convento, tenía numerosos pájaros y cuadrúpedos, y en mitad de él, ocupando una jaula especial, como rey de esta pequeño é inquieto mundo, al que podía hacer enmudecer con sólo un grito, estaba el caburé.