Al encontrar el doctor varias veces á Jaramillo inmóvil en la puerta de su casa, mirando desde el otro lado de la cancela al famoso pájaro, le había hecho pasar para mostrárselo de cerca.
—¡Qué joya! ¿eh?...—decia con orgullo—. Me cuesta más oro que pesa. Es una verdadera casualidad tener uno vivo.
Pero daba por bien empleados sus sacrificios pensando en el volumen de ochocientas páginas que iba á escribir, para Berlín, sobre el caburé y sus costumbres, libro que le valdría el premio de varias Academias.
A los dos amigos se les ocurrió lo mismo: robar la prodigiosa bestia ó llevarse cuando menos algunas de sus plumas.
El golpe sólo podía darse á la hora de la siesta. Jaramillo amaba esta hora como la más segura. Morales se quedaría en la calle para auxiliar á su compañero. ¿Quién puede adivinar lo futuro? Tal vez gritase el alemán, y fuese preciso matarlo. ¡Una vida menos significa tan poco!...
Entró Jaramillo en la casa saltando la tapia del patio trasero. Luego se deslizó, con los pies descalzos, por los frescos corredores, sin producir ruido alguno. Al pasar junto á una puerta oyó ronquidos. El alemán, deseoso de amoldarse en todo á las costumbres del país, dormía la siesta.
El mestizo salió al patio grande, deteniéndose frente á la jaula del centro, rodeada de arbustos con flores enormes, rojas y de cinco puntas, llamadas «estrella federal».
Allí estaba la célebre bestia: una especie de mochuelo diminuto, de pico breve y encorvado. Se miraron fijamente, lo mismo que si fuesen á entablar un combate. Los ojos redondos del animal, unos ojos de oro con una cuenta negra en el centro, contemplaron al hombre ferozmente. Luego parpadearon, como vencidos por la mirada humana.
Jaramillo no quiso perder tiempo. Con una contorsión de muñeca arrancó el candado de la jaula. Luego avanzó la diestra audazmente, y á pesar de su deseo de mantenerse silencioso, lanzó un rugido.
—¡Ah, pájaro del diablo!...