Tenía un dedo atravesado de parte á parte. No era un picotazo; era una puñalada. Un berbiquí ardiente acababa de perforarle la carne y el hueso.
Sobreponiéndose al dolor, cerró la mano ensangrentada para aprisionar á su enemigo. Deseaba ahogarlo y al mismo tiempo no quería oprimirle de una manera mortal, pues la pluma del caburé sólo conserva sus milagrosas cualidades cuando ha sido arrancada estando la bestia viva.
Con la otra mano libre le despojó de las plumas de atrás, y el animal lanzó un alarido al mismo tiempo que repetía su picotazo.
El grito espeluznante fué seguido de un profundo silencio. Los animales del patio callaron medrosos, ocultándose en lo más profundo de sus viviendas. Pareció que se inmovilizaba la vida en todo el barrio.
A impulsos del dolor, el mestizo había arrojado al caburé contra el suelo de la jaula, huyendo luego hacia la calle. El pájaro, viendo la jaula abierta, saltó fuera de ella como si pretendiese perseguir á su enemigo; pero después torció de rumbo, subiéndose al alero del tejado para desaparecer finalmente.
Jaramillo descorrió el cerrojo de la cancela, saliendo á la calle. Allí le esperaba su fiel Morales. No llevaba espada—esta expedición era de las de arma corta—; pero tenía la mano puesta por debajo del poncho en el puño de una faca, por lo que pudiera ocurrir.
—¿Qué es eso, hermano?—preguntó al ver la diestra ensangrentada de su compañero—. ¿Quién te ha herido?
El otro levantó los hombros con indiferencia, limitándose á mostrarle tres plumas pequeñas que llevaba entre los dedos.
Desde aquella tarde cambió radicalmente la vida de los dos. Jaramillo tuvo que ir en busca de un curandero amigo de su padre. Su dedo herido se había puesto negro, y era preciso cortarlo para que la podredumbre venenosa no le llegase al corazón. El mago indígena afiló en una piedra el mismo cuchillo de que se servía para rascarle el barro á su caballejo y para partir el pan. La amputación fué dolorosa; pero á Jaramillo le bastaba mirar la bolsita que llevaba pendiente sobre el pecho, con las plumas del caburé dentro, para recobrar su valor. Bien podía sufrirse un poco á cambio de tan poderoso talismán. Morales estaba triste y hablaba con timidez, como el que desea hacer una petición y no se atreve, midiendo su importancia. Al fin se decidió.
—Hermano, ¿si me dieses una de las plumas?... Piensa que siempre nos lo hemos partido todo, como si fuésemos de la misma madre. Tú tienes tres plumas; ¿qué te cuesta regalarme una? Serás igualmente poderoso con dos. Basta una sola para que nadie pueda herirte.