En los días de gran mercado, las mujeres del campo, que venían á la capital montadas á estilo de hombre en sus caballejos de largo pelaje, admiraban al célebre policía. Le llamaban don Morales, poniendo el don ante el apellido, como es de uso en el país. Todas ellas palidecían al ver al héroe, pretendiendo atraerlo con las más dulces miradas de sus ojos oblicuos.
Una mañana, estando de servicio en el Mercado, don Morales se tropezó con cierto gringo corpulento, forzudo y rojo, al que había conocido años antes en el Paraguay.
—¡Don Macperson!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?...
Se abrazaron. El policía lo despreciaba, como á todos los extranjeros, pero al mismo tiempo sentía por él una gran admiración.
El desprecio era porque ignoraba el guaraní y hablaba mal el español, signos evidentes de inferioridad mental. Además, como todos los gringos, tenía los pies enormes y calzaba zapatos que parecían navíos, lo que denuncia un origen ordinario en un país donde los hombres ostentan el pie pequeño y alto de empeine, lo mismo que una dama.
Lo admiraba porque era capaz de pasar un día entero con su noche sin levantarse de la mesa, vaciando botella tras botella. Además, tenía la elocuencia de un predicador cuando ensalzaba las virtudes curativas del whisky, remedio infalible para todos los disgustos y todas las enfermedades.
Morales hasta conocía sus manías. Cuando había bebido más de una copa, se irritaba si le llamaban inglés.
—Mi no ser inglés—decía en un español balbuceante—; mi ser escocés.
Llevaba un sinnúmero de años viviendo en la América del Sur. Había sido buscador de esmeraldas en Colombia, minero de plata en el Perú y de estaño en Bolivia, exportador de salitre en Chile, ganadero en Argentina, vendedor de hierba mate en Paraguay y borracho consecuente en todas partes. Unas veces se veía patrono, otras modesto empleado; tan pronto daba dinero á los simples conocidos, como solicitaba un préstamo para continuar sus viajes. Ahora—según declaró á Morales desde las primeras palabras—se ocupaba en comprar novillos, como representante de cierta casa del Uruguay que fabricaba carne líquida para los niños y los adultos débiles.
Esta carne líquida le hacía sonreír de lástima. ¡Habiendo whisky en la tierra!...