Morales vaciló mirando su propio uniforme. Era una autoridad, y sólo podía entrar en las tabernas para imponer respeto. Pero luego se enterneció mirando al gringo. ¡Un viejo compañero!...

—Oiga, don Macperson, ¿si fuésemos á tomar una copa?...

Entraron en una taberna del Mercado, y el dueño, en atención á Morales, les puso una mesilla en el fondo del corral. No había whisky, pero sacó una ginebra que arrancó elogios al extranjero.

—Beba, Don; beba todo lo que quiera—dijo el policía—. Ya sabe que yo aprecio mucho á los ingleses, y ahora que soy alguien en mi país....

—Mi no ser inglés; mi ser escocés.

Recordó Morales la manía de su amigo. Muy bien; él apreciaba también mucho á los escoceses. Y después de esto, como si solicitase la admiración del gringo, habló de sus hazañas y del respeto medroso con que le miraban todos.

—Lo sé, lo sé—dijo el extranjero.

Había oído hablar mucho del cabo don Morales, y su asombro era sincero, aunque algo molesto para el héroe. No podía comprender que este mozo pequeño, enjuto y enclenque en apariencia inspirase miedo á nadie. Lo contempló con una curiosidad algo irónica desde la altura de su corpulencia; le acarició los brazos con sus manazas, sonriendo al encontrar inmediatamente el hueso bajo los músculos nervudos pero delgados.

Un recuerdo surgido repentinamente en su memoria hizo esta sonrisa más insolente aún. Se vió en un hierbal del Paraguay algunos años antes, teniendo una disputa con Morales, que era su peón. El mestizo tiraba de la espada; pero él, de un manotazo, le quitaba la espada, propinándole después unos cuantos puñetazos de boxeador que le dejaban inánime en el suelo.

Por un fenómeno de simpatía mental, Morales evocó al mismo tiempo este recuerdo, pero añadiéndole una segunda parte. Se vió tendido al anochecer en los hierbales, esperando al gringo, que después de darle los puñetazos iba á pasar la noche en Asunción. Al tenerle cerca, le disparaba un pistoletazo. Quedaba mal herido el escocés, guardaba cama varias semanas, y luego de restablecerse se iba del país, convencido de que no es prudente tener cuestiones con la gente cobriza.