Se miraron largamente los dos hombres.
—¡Famoso Morales!... ¡Encontrármelo hecho un héroe!...
—¡Este don Macperson! ¿Por qué lo querré tanto?...
Y se estrecharon las manos por encima del tarro de ginebra, que empezaba á estar casi vacío.
Pero ya no se miraban lo mismo que antes. Detrás de sus pupilas persistía el mal recuerdo del pasado.
El policía mostraba empeño en que le admirase el otro. Toda la ginebra descendida á su estómago pareció alborotarse con la sospecha de que el gringo no creía en su valor y tenía por mentiras las hazañas que llevaba realizadas.
De su español aprendido en Buenos Aires, prefería el escocés una palabra que siempre había irritado á Morales. Cuando le contaban cosas inverosímiles, levantaba los hombros, diciendo con desprecio:
—¡Macanas!... ¡Todo macanas!
Adivinó que en el pensamiento del gringo estaba resonando incesantemente la misma palabra en aquellos momentos. «¿Las valentías del cabo Morales? ¡Macanas! ¡Todo macanas!»
El deseo de verse admirado le hizo ser humilde y revelar su secreto.