—Vea, don Escocés. Si soy valiente, reconozco que no hay en ello gran mérito. Aunque quisiera ser cobarde, no podría. Tengo un payé poderosísimo: llevo en el pecho tres plumas de caburé. Usted es casi del país; usted sabe lo que es eso. No hay hombre ni fiera que pueda nada contra mí.

—¡Macanas!... ¡Todo macanas!

Ya había surgido la terrible palabra. El policía empalideció al verse desmentido con un tono de desprecio.

—Pero ¿no le digo que tengo un payé?... Mírelo. A usted solo se lo enseño.

Y se desabrochó la levitilla y la camisa, mostrando la pequeña bolsa de cuero sudada y negruzca que pendía sobre su pecho.

—¡Macanas!... ¡Macanas!—repitió el extranjero, apurando el resto de la botella de barro y empezando otra que acababa de traer el dueño del cafetín.

Irritado Morales, habló de su infortunado camarada Jaramillo, del doctor germánico, del caburé, del caimán «el Abuelo»; contó toda su historia, sin que el otro cambiase de actitud.

El mestizo se puso de pie. Podía el gringo dudar de las virtudes de su madre, si gustaba de ello; por eso no dejarían de ser amigos. En realidad, él no estaba seguro de quién había sido su padre. Las gentes del país prescinden con frecuencia del casamiento, por los muchos papelotes, molestias y gastos que exige. ¿Pero dudar de su talismán?... ¿Tener por falsa su historia?...

—Oiga, don Inglés.

El escocés quiso protestar al oir que le llamaban así, paro se quedó con la boca entreabierta por la sorpresa, dándose cuenta de que este error era intencionado y representaba un insulto.