—Oiga, don Inglés. Vamos á hacer una prueba.

Había sacado de un bolsillo de su pantalón una pistola de dos cañones de enorme calibre. Él tenía sus armas á la vista y sus armas ocultas.

Se la ofreció al extranjero; y éste, que también se había puesto de pie con mal gesto, la tomó sin saber lo que hacía.

—Yo puedo matarlo á usted, si quiero, y usted, en cambio, no puede hacerme nada á mí.... Pero no abusaré. Prefiero que se convenza por sus propios ojos. A ver si así se le ablanda esa cabezota dura de bruto que tiene.... ¡Tire!

Se abrió con ambas manos sus ropas, mostrando el pecho desnudo y la prodigiosa bolsita. Podía el gringo hacer fuego sin cuidado. Se lo decía él con aire de reto.

Macperson, á pesar de su embriaguez, reconoció que la proposición era absurda. Aquel mestizo se había vuelto loco, y en su soberbia confianza hasta parecía burlarse de él.

—Tiene usted miedo de tirar, y hace bien. La bala rebotará sobre mi pecho y puede herirle á usted. Coloqúese de modo que no le alcance.

El otro, como si no entendiese estas recomendaciones, se había limitado á poner horizontal la pistola, apuntando al pecho que tenía enfrente.

—¡Mira que tiro!—dijo al fin con tono de amenaza—. Déjate de macanas, ó tiro.

Se perdió entre los dos todo respeto. Se miraron como enemigos.