—¡Tira, gringo del demonio, para que puedas convencerte!... ¡Cuando te digo que tengo un payé!...
—¡Mira que hago fuego!—volvió á repetir el otro con voz aún más sombría.
—¡Tira de una vez, hijo de perra!... Tú no eres escocés.... Tú eres....
No pudo seguir.
—¡Ya que lo quieres!...
Y el gringo apretó los dos gatillos al mismo tiempo.
Una nube blanca se extendió ante sus ojos.
Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vió á Morales tendido á sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba á ser el último de sus gestos.