Hizo una larga pausa. Sus ojos empezaron á humedecerse.
—Y así es—terminó la vieja—como he vuelto á encontrar á mi nieto.... Pido perdón al señor comisario.... Pido perdón al señor agente.
Bajó la cabeza, juntó las manos y miró al suelo, refugiándose voluntariamente en el silencio, confiándose á la suerte, sin insistir más en su defensa, mientras sus lágrimas empezaban á correr mejillas abajo.
El comisario no dijo nada. Miró al agente que tenía á su lado, un veterano con la Cruz de Guerra sobre el pecho del uniforme y varios galones en una manga indicadores de sus campañas. Él también miró á su superior. Había permanecido impasible hasta entonces, pero varias veces se mordió el recio bigote.
Los dos hombres parecieron entenderse con la mirada. El comisario devolvió al agente el parte redactado por él media hora antes en la sala de espera de la Comisaría dando cuenta del escándalo ocurrido en el cinema.
El veterano, sin decir una palabra, rasgó el papel en menudos pedazos.
—Buena mujer, puede usted marcharse.
La voz del comisario sacó á la vieja de su abstracción. ¿Era cierto que la dejaban irse?... ¡Qué señores tan buenos!
—¿Y podré volver al cinema?—añadió con ansiedad—. ¿Me dejarán ver todas las noches á mi pequeño?
Los dos hombres rieron de su simpleza, contestando con un gesto afirmativo.