Salió de la Comisaría lentamente. No convenía que la viesen huir como el que tiene la conciencia sucia.
Pero al llegar á la calle, se convenció de que nadie la espiaba, y recogiéndose las faldas, echó á correr con una ligereza juvenil. Su arrugado rostro se dilató, jadeando de fatiga; sus cabellos blancos se escaparon en desorden de la pañoleta de punto con que abrigaba su cabeza.
Cuando llegó al cinematógrafo, salían de él los últimos grupos de espectadores. Los empleados apagaban las luces y retiraban los carteles. La vieja vió luego cómo cerraban las puertas.
Se mantuvo inmóvil, con un codo apoyado en la pared y la frente en una mano. Lloraba con una angustia infantil.
—¡Esperar hasta mañana!—murmuró—. ¡No ver á mi pequeño en tantas horas!...
II
A la noche siguiente la vieja se presentó en el cinema con un aire de humildad. Se encorvaba para pasar inadvertida. Se aproximó al despacho de billetes, volviendo el rostro para que no la reconociese la empleada.
Pero el hombre encargado de guardar la puerta corrió hacia ella:
—¡Ah, no! ¿Viene usted á mover escándalo otra vez?... Para usted no hay entrada.