—Mi hijo es cazador alpino, lo que llaman «diablo azul», y está en los Vosgos.

La vieja, por no ser menos, sacó también del pecho un retrato de soldado.

—A mi nieto lo mataron; pero ahora trabaja en un cinema todas las noches.

La cocinera se movió nerviosamente en su asiento, abriendo mucho los ojos. Decididamente aquella vieja estaba loca, como le había dicho la doncella. Pero calló, por ser la abuela de la señora.

Hasta la hora de la comida se mantuvo la verdulera en este paraíso, admirando sus magnificencias. Luego sintió nostalgia y cierta cortedad al verse arriba, en el comedor, sentada á una mesa enorme, teniendo enfrente á su nieta, y más allá á un criado ceremonioso que tampoco le era simpático.

Admiraba los manjares, reconociendo que nunca había comido tan bien, pero sentía un vivo deseo de terminar cuanto antes.

Miró el reloj de la chimenea. Eran cerca de las ocho.

—No tengas prisa, abuelita. Hay tiempo. Mi automóvil nos llevará en un instante.

De pronto, una conmoción en todo el hotel: repiqueteo de timbres, alaridos de sorpresa de la doncella antipática, choque de puertas, voces de hombres.

La doncella entró corriendo: