—Señora.... ¡Es el señor!
No dijo más, pero la vieja lo adivinó todo. «El señor» sólo podía ser uno. Y vió á un buen mozo con uniforme de aviador, que entraba violentamente, como una tromba. No tuvo que avanzar mucho, pues la bailarina corrió á refugiarse en sus brazos.
Julieta hablaba de él, momentos antes, con tristeza. Hacía seis meses que no le veía. Era imposible obtener una licencia en estos momentos.
El aviador dió explicaciones, con voz entrecortada.
—Un permiso inesperado.... Una breve comisión en París.... Veinticuatro horas nada más....
No pudo seguir hablando. Los dos se habían abrazado, balanceándose con las explosiones de su alegría. Empezó á rasgarse el silencio con unos besos sonoros y escandalosos como los taponazos del champaña.
La vieja se levantó, ceñuda y grave. Allí estaba de sobra una persona; no necesitaba que se lo dijesen.
Al verla salir, Julieta se desasió de los brazos amorosos, corriendo hacia ella para dar explicaciones.
—Ya ves.... Sólo viene por veinticuatro horas.... Imposible hoy.... Otro día. Es preciso atender á los vivos.
Se vió la vieja en la soledad de la calle helada y negra. Los reverberos, encapuchonados á causa de los ataques aéreos, sólo servían, con su breve radio de luz, para dar mayor intensidad á la lobreguez general.