Mientras marchaba, acompañó su paso repitiendo las mismas palabras, como si fuesen una letanía:

—La vida quiere vivir. Los vivos necesitan vivir.... ¡Ay del que muere! Los muertos huyen más aprisa que los vivos....

Todos abandonaban á los muertos. Hasta en la sala del cinema notó la misma ingratitud. Aquella noche sólo había una veintena de personas. El público de este cinematógrafo de barrio estaba ya cansado de las aventuras de la perseguida alsaciana. Todos conocían su historia.

La vieja ocupó su asiento con la majestad de un monarca que se hace dar una representación para él solo. Al aparecer su nieto, le habló en voz baja, con dulzura.

—Buenas noches, pequeño mío. Todos te abandonan, todos te olvidan. La vida es así.... Pero no temas; tu abuela no te dejará nunca. Aquí me tendrás todas las noches.... ¡todas las noches!


IV

La noticia empezó á circular después de mediodía, vaga é indecisa.

«¡La paz! ¡Acaba de ajustarse la paz!»

Pero tantas veces se había dicho esto mismo, sin verlo realizado luego, que la vieja no creyó la noticia.