El instinto la llevó hacia su barrio, caminando con lentitud, arrastrando casi los pies. Pero á pesar de esta fatiga, juntó su voz á las aclamaciones de todos los grupos que encontraba al paso.

La necesidad de descansar y la costumbre la hicieron meterse en la taberna.

Allí estaba Crainqueville, solitario y silencioso, sentado ante un vaso vacío, cuyo fondo contemplaba tristemente.

—También te convido á ti—dijo la vieja—. Hoy es un gran día. ¡La paz! ¿Qué dices tú de la paz?

Crainqueville levantó los hombros. Luego, animado por la vista del nuevo vaso que le ofrecía su amiga, se dignó hablar.

—Tal vez la humanidad procure ser mejor después de esta prueba terrible; tal vez se regenere y aprenda á vivir por primera vez con un poco de lógica.

Luego sonrió irónicamente, como su maestro. Se sentía invadido por la eterna duda, y continuó:

—Aunque nadie puede afirmar si esta pobre humanidad merece la pena de ser regenerada y que alguien se ocupe de su porvenir....

Mucho más tarde, la vieja sintió la atracción de un nuevo deseo. Se acordó con delicia de la obscura sala del cinema y de sus vistas, que ella consideraba como algo celestial. ¡Qué felicidad estar allá dos horas, en un asiento cómodo, conversando mentalmente con su nieto! El pobre Alberto no debía conocer aún la gran noticia que conmovía á París y al mundo entero. Ella iba á comunicársela.

—Adiós, Crainqueville; mi nieto me espera. Para el pobre no hay fiestas. Esta noche trabajará como todas.