El filósofo ambulante, que había terminado por aceptar la vida ilusoria de su compañera, creyó del caso darle algunos consejos.

—Te estás matando. Apenas comes; bebes demasiado. Gastas tu dinero exageradamente; vas á perder tu capital. Ayer tuviste que tomar la mitad de tu género al fiado.... Además, en una semana parece que hayas vivido varios años.

Pero después de la cuerda reprimenda, volvió á sonreir con su eterna sonrisa de duda.

—En fin, ¡si eso te divierte!... ¡Si encuentras en ello tu felicidad!...

La vieja marchó apresuradamente hacia el cinema, á pesar de sus piernas entumecidas que casi se negaban á sostenerla. Allá, en la sala agradable, descansaría cómodamente.

Las calles estaban obscuras aún, como en las noches de la guerra preñadas de amenazas aéreas. Pero la muchedumbre formaba grupos. Sonaban instrumentos de música y se improvisaban bailes en las encrucijadas.

Al penetrar en el atrio del cinema, el empleado que guardaba la puerta salió á su encuentro alegremente.

—¡Viva la paz, abuela!

Luego añadió, como si recordase algo de escasa importancia:

—Esta noche ya no «trabaja» su nieto.... ¡Se acabó! Todo es nuevo. Pero la representación vale la pena.