El viejo revolucionario se levantaba para hacer una corta rectificación, repitiendo las mismas afirmaciones de antes que no habían sido contestadas.
—Me he cansado mucho—suspiraba Rafael contestando a las felicitaciones.
—Salga usted si quiere—dijo el ministro.—Yo pienso contestar la rectificación. Es un deber de cortesía con un diputado tan antiguo.
Rafael levantó la cabeza y vio vacía la tribuna diplomática. Aún creyó distinguir en su lóbrego fondo las grandes plumas del sombrero.
Salió del banco apresuradamente y se lanzó al pasillo, donde le detuvieron muchos para felicitarle.
Ninguno le había oído, pero todos le daban la enhorabuena, le estrechaban la mano, impidiéndole avanzar.
De nuevo creyó ver al extremo del corredor, al pie de la escalera de las secciones, destacándose sobre la vidriera de salida, aquellas plumas negras y ondulantes.
Se abrió paso entre los grupos, sordo a las felicitaciones, empujando a los que le tendían la mano y tropezó en la cancela de cristales con dos compañeros que miraban hacia fuera con ojos de entusiasmo.
—¡Qué hembra! ¿eh?
—Parece extranjera. Será mujer de algún diplomático.