III
Al salir del palacio la vio en la acera, disponiéndose a subir en una berlina. Un ujier del Congreso sostenía la portezuela con el respeto que inspira el coche oficial, el galón de oro brillante en el sombrero de los cocheros.
Rafael se aproximaba, creyendo todavía a la vista de aquel carruaje en una asombrosa semejanza. Pero no, era ella; la misma; ¡como si no hubiesen transcurrido ocho años!
—¡Leonora! ¡Usted aquí!...
Ella sonrió como si aguardara el encuentro.
—Le he visto y le he oído. Muy bien, Rafael: acabo de pasar un rato delicioso.
Y estrechando su mano con un franco apretón de amistad, entró en el carruaje, con estrépito de sedas y finos lienzos.
—Vamos, ¿no sube usted?—preguntó sonriendo.—Acompáñeme; daremos un paseo por la Castellana. La tarde es magnífica; un poco de oxígeno sienta bien después de ese ambiente tan pesado.
Rafael subió, seguido por la mirada de asombro del ujier, admirado al verle en tan seductora compañía.
Comenzó a rodar la berlina; los dos, en íntimo contacto, sintiendo el calor de sus cuerpos, chocando dulcemente con el suave movimiento de los muelles.