Le invitaba a bajar con un gesto imperioso. Cuando partió el carruaje, los dos quedaron un momento en la acera, contemplándose por última vez.
—Adiós, Rafael. Cuídate, no envejezcas tan aprisa. Cree que he tenido un verdadero gusto en volver a verte; el gusto de convencerme de que aquello acabó.
—¡Pero así te vas!... ¡Así acaba para ti una pasión que aún llena mi vida!... ¿Cuándo volveremos a vernos?
—No sé: nunca... tal vez cuando menos lo esperes. El mundo es grande, pero rodando por él como yo ruedo, hay encuentros inesperados, como este.
Rafael señalaba al inmediato teatro.
—¿Y si vinieras a cantar ahí?... ¿Si yo volviera a verte?...
Leonora sonreía con altivez, adivinando su pregunta.
—Si vuelvo, serás uno de mis innumerables amigos; nada más. Y no creas que soy ahora una santa. La misma que antes de conocerte; pero de todos, ¿sabes? del portero del teatro, si es preciso, antes que de ti. Tú eres un muerto... Adiós, Rafael.
La vio desaparecer en el portal, y permaneció aún mucho rato en la acera dominado por el anonadamiento; abstraído en la contemplación de los últimos resplandores del crepúsculo que palidecían más allá de los tejados del Palacio real.
Las bandadas de pájaros piaban sobre los árboles del jardín, estremeciendo las hojas con sus aleteos juguetones como enardecidos por la primavera que llegaba para ellos fiel y puntual como todos los años.