—¿Y qué de extraño tendría eso?—preguntó audazmente Rafael, imitando la sonrisa burlona.
—¿No podría ser que usted, compadecida de mí, acabase por amarme? ¿No se han visto cosas más imposibles?
—No—dijo rotundamente Leonora.—No le amaré a usted nunca... Y si llegase a amarle—continuó en un tono dulce y casi maternal—se lo ocultaría piadosamente para evitar que usted se exaltara viéndose correspondido. Toda la tarde estoy evitando esta explicación. He hablado de mil cosas, me he enterado de su vida en Madrid hasta en detalles que nada me importan; todo para impedir que llegásemos a hablar de amor. Pero con usted es imposible; hay que abordar la materia más pronto o más tarde. Ya que usted lo quiere, sea... Yo no le amaré nunca; yo no debo amarle. Si le hubiera conocido lejos de aquí, aproximados por las circunstancias, como en aquella noche de la inundación, no digo que no. ¿Pero aquí?... Serán escrúpulos de los que puede usted reírse, pero me parece que amándole, cometería un delito; algo así como si entrase en una casa y agradeciera la hospitalidad robando un objeto.
—¿Pero qué disparates son esos?—exclamó Rafael.—¿Qué quiere usted decir?... Crea que no la entiendo.
—Como usted vive aquí no se da cuenta del ambiente que le rodea. ¡Amarse sólo por el amor! Eso puede ser en ese mundo del cual vengo; donde la gente no se escandaliza; donde la virtud es ancha y no pincha, y cada uno, por egoísmo, porque respetan sus debilidades, procura no censurar las ajenas. ¡Pero aquí!... Aquí el amor es un camino recto que forzosamente ha de conducir al matrimonio; y vamos a ver, ¿sería usted capaz de mentir asegurando que se casaría conmigo?...
Miraba de frente al joven con sus grandes ojos verdes, luminosos y burlones, con tal franqueza, que Rafael inclinó la frente tartamudeando.
—No se casaría usted, y haría muy bien. ¡Como que resultaría una solemne barbaridad! Yo no soy de las mujeres que sirven para eso. Muchos me lo han propuesto en mi vida, acreditándose con ello de imbéciles. Más de una vez me han ofrecido sus coronas de duque o de marqués, creyendo que con esto me aprisionaban, me podían conservar, cuando yo sintiendo fastidio pretendía levantar el vuelo. ¡Casada yo! ¡Qué disparate!...
Reía como una loca con una risa que hacía daño a Rafael. Era una carcajada sardónica, de inmenso desprecio, que recordaba al joven la risa de Mefistófeles en su infernal serenata a Margarita.
—Además—continuó Leonora serenándose,—usted no se da cuenta de lo que soy aquí. ¿Cree usted que ignoro lo que de mí se dice en la ciudad?... Me basta ver los ojos con que me contemplan las señoras las pocas veces que voy allá. Y también conozco lo que le ocurría a usted antes de ir a Madrid. Aquí se sabe todo, Rafaelito; el chismorreo de esa pobre gente es tan grande que llega hasta esta soledad. Conozco perfectamente el odio que la madre de usted me tiene y hasta he oído algo de disgustos domésticos, por si usted venía o no venía aquí. Si han de repetirse esas cosas tan enojosas, le ruego que no vuelva; seré siempre su amiga; pero no viéndonos, ganaremos usted y yo.
Rafael se sentía avergonzado al ver que Leonora conocía sus secretos. Se creía en ridículo, y para salir del pasó afirmó con petulancia: