—No crea usted tales cosas; son chismes de enemigos. Yo soy mayor de edad, y me figuro que sin miedo a mamá puedo ir donde mejor me parezca.

—Sea así; siga viniendo, ya que tal es su gusto; pero no me negará usted que existe contra mí una hostilidad declarada. Y si yo llegase a amarle, ¡Dios mío! ¿qué dirían entonces de mí? Creerían que había venido únicamente para seducir a don Rafael, y ya ve usted cuán lejos estoy de ello. Con esto perdería la tranquilidad que tanto me gusta. Si ahora hablan contra mí ¡figúrese lo que sería entonces!... No: yo deseo permanecer quieta. Que me muerdan cuanto quieran pero que sea sin motivo; por pura envidia. Ya ve usted el caso que hago.

Y mirando hacía el punto donde estaba la ciudad oculta tras las filas de naranjos, reía desdeñosamente.

Volvía otra vez aquella franqueza regocijada, de la que se hacía ella la primera víctima, y continuó bajando el tono de voz con su acento confidencial y cariñoso:

—Y luego, Rafaelito, usted no se ha fijado bien en mí. ¡Si soy casi una vieja!... Ya lo sé; no necesito su advertencia: tenemos la misma edad, pero la diferencia de sexo y de vida aumentan considerablemente la mía. Usted es hombre y casi comienza ahora a vivir. Yo voy desde los dieciséis años rodando por el mundo, de escenario en escenario, y este maldito carácter, este afán de no ocultar nada, de no mentir, ha contribuido a hacerme peor de lo que soy. Yo tengo en el mundo muchos enemigos que a estas horas se creerán felices con mi inexplicable desaparición. En nuestra vida de artistas es imposible avanzar un paso sin despertar el odio del camarada, la más implacable de las pasiones. Y ¿sabe usted lo que han dicho de mí esas buenas gentes? Pues que soy una mujer galante más bien que una artista; una especie de cocotte que canta y se exhibe en el escenario como en un escaparate.

—Eso es una infamia—dijo Rafael con arrogancia.—Quisiera que alguna vez lo dijesen delante de mí.

—¡Bah! No sea usted niño. Será una infamia, pero no carece por completo de fundamento. He sido algo de eso que dicen; pero a los hombres les corresponde más culpa que a mí... He sido una loca sin freno en mis caprichos, dejándome tentar unas veces por el esplendor de la riqueza, otras por la hermosura o por el valor; huyendo tan pronto como me convencía de que no había de encontrar nada nuevo, sin importarme la desesperación de los hombres al ver su ensueño interrumpido. Y de toda esta carrera loca, desesperando a unos, enloqueciendo a otros, trastornando la vida en muchos puntos de Europa, he sacado una consecuencia: o eso que los poetas llaman amor no existe y es una invención agradabilísima, o yo no he nacido para amar y soy inmune, puesto que después de una vida tan agitada, cuando recopilo el pasado, reconozco que mi corazón no ha sentido de verdad... ni esto.

Y hacía chasquear entre los dientes la uña sonrosada y aguda de su pulgar.

—A usted se lo digo todo—continuó.—Después de su larga ausencia, en la que alguna vez me he acordado de usted, siento el deseo de que me conozca bien y para siempre. A ver si así vivimos tranquilos. Comprendo que ansíen confesarse esas buenas mujeres de los huertos, que van en busca del cura caminando bajo el sol o la lluvia. Esta tarde necesito yo decirlo todo. Tengo aquí dentro un diablillo que empuja y empuja para echar afuera todo mi pasado.

—Pues hable usted. Si soy su confesor y merezco su confianza, algo voy adelantando.