Remedios, con la cabeza inclinada sobre su bordado, enrojecía intensamente cada vez que Rafael alababa su obra o la decía que era la muchacha más bonita de Alcira. La ayudaba a enhebrar las agujas; con las manos extendidas servía de devanadera a las madejas que ovillaba la joven, y más de una vez la pellizcaba por debajo del bastidor, con la confianza de haberla conocido niña, lo que no evitaba sus gritos escandalizados.
—Rafael, no seas loco—decía la madre amenazándole bondadosamente con sus secas manos.—Deja trabajar a Remedios; si te portas tan mal no te permitiré entrar en la sala.
Y por la noche, a solas en el comedor con don Andrés, cuando llegaba la hora de las confidencias, doña Bernarda olvidaba los asuntos de la casa y del partido para decir con satisfacción:
—Eso marcha.
—¿Se enamora Rafaelito?...
—Cada día más. La cosa va a todo vapor. Ese chico es en esto el vivo retrato de su padre. Crea usted que conviene que no les pierda de vista. Si no estuviera yo aquí, ese diablillo sería capaz de una locura que desacreditase la casa.
Y la buena señora, estaba segura de que para Rafael no existía ya la hija del doctor Moreno, criatura abominable, cuya belleza había sido su pesadilla durante algunos meses.
Sabía por sus espías que una mañana de mercado se habían encontrado los dos en las calles de Alcira. Rafael volvió la mirada como si buscase un sitio por donde huir; ella palideció y siguió adelante fingiendo no verle. ¿Qué significaba esto?... La ruptura para siempre. Ella, la buena pieza, palidecía de rabia, tal vez porque no podía atrapar de nuevo a su Rafael, porque éste, cansado de inmundicia, la abandonaba para siempre. ¡Ah, la perdida! ¡la ramera!
¿Pues qué no había más que educar un hijo en las más sanas y virtuosas creencias y hacer de él un personaje, para que después llegase una correntona peor mil veces que las que por dinero hacen porquerías en un callejón para llevársele con sus manos sucias? ¿Qué había creído la hija del descamisado?... ¡Rabia! ¡Palidece de pena, al ver que se te va para siempre!
En la alegría de su triunfo, comenzaba a pensar en la boda de su hijo con Remedios, y levantando una punta de su reserva de gran señora, trataba a don Matías como de la familia, ensalzando el afecto cada vez más vivo que unía a los chicos.