—Pues si se quieren—decía el burdo ricachón,—por mí que sea la boda cuanto antes. Remedios hace mucho papel a mi lado: una mujercita como hay pocas para el gobierno de la casa; pero esto que no sea obstáculo para el casorio. Muy satisfecho, doña Bernarda, de que seamos parientes. Sólo siento que don Ramón no pueda ver estas cosas.
Y era verdad que lo único que empañaba la alegría del rústico millonario, era que no viviese el alto e imponente señor para darse el gusto de tratarle como un igual, coronando así el éxito de su asombrosa fortuna.
Doña Bernarda también veía en aquella unión la cúspide de sus ensueños; el dinero unido al poder; los millones de un comercio cuyos éxitos maravillosos parecían golpes de juego, viniendo a vivificar con savia de oro el árbol de los Brulls, algo resquebrajado y viejo por largos años de lucha.
Comenzaba la primavera. Algunas tardes doña Bernarda llevaba los chicos a sus huertos o a las ricas fincas del padre de Remedios. Había que ver con qué aire de bondad vigilaba a la joven pareja, gritando alarmada si en sus correrías permanecían algunos minutos ocultos tras los naranjos.
—¡Este Rafael!—decía a su consejero con aquella confianza que le había hecho relatar más de una vez las tristezas de la intimidad con su esposo.—¡Qué pillo es! ¡De seguro que la estará besando!
—Déjelos usted, doña Bernarda. Cuanto más se meta en harina, menos peligro de que vuelva a la otra.
¿Volver?... No había cuidado. Bastaba contemplar a Rafael cómo cogía las flores y las colocaba riendo en la cabeza o el pecho de Remedios, que se resistía débilmente, con un rubor de colegiala, conmovida por tales homenajes.
—Quieto, Rafaelito—murmuraba con una voz que parecía un balido suplicante.—No me toques; no seas atrevido.
Y su emoción la traicionaba de tal modo, que parecía estar pidiendo que el joven volviese a poner en su cuerpo aquellas manos que la trastornaba desde los pies a la raíz de los cabellos. Se replegaba por educación, huía de él porque este es el deber de una joven cristiana y bien educada; escapaba como una cabrita con graciosos saltos por entre las filas de naranjos, y el señor diputado salía detrás a todo galope con las narices palpitantes y los ojos ardorosos.
—¡Que te coge, Remedios!—gritaba la mamá, riendo.—¡Corre; que te coge!