Todos adivinaban qué era el objeto que flotaba hacia las rocas. Era el chico; los marineros le distinguían envuelto en el salvavidas.
Iba á matarse contra los peñascos. La madre y la abuela daban alaridos pidiendo socorro sin saber á quién. ¿No habría una buena alma que salvase al muchacho?
Un mocetón de buena voluntad, con la cintura amarrada por un calabrote que sostenían sus compañeros, se lanzó violentamente en las rocas bajas, en los escollos submarinos, donde se sostuvo entre las bullentes aguas á costa de fuerza y destreza.
Varias veces chocó el inanimado cuerpecillo con las salientes piedras, arrebatándolo de nuevo el mar entre alaridos de horror, pero por fin el marinero pudo alcanzarlo cuando iba á golpear de nuevo con su débil cuerpecillo el murallón gigantesco.
¡Pobre Pascualet! Tendido sobre la fangosa plataforma de la escollera, su cara ensangrentada, sus miembros amoratados, fríos y desgarrados por las aristas del rodeno, asomaban por entre el voluminoso salvavidas como las extremidades de una tortuga.
La abuela intentaba reanimar entre sus manos aquella cabecita cuyos ojos se habían cerrado para siempre, y Dolores, arrodillada junto á él, se arañaba el rostro, se mesaba la suelta y hermosa cabellera, mirando fieramente á todas partes con sus ojos dorados.
Un lamento de dolor cruzaba incesantemente el espacio.
—¡Fill meu!... ¡fill meu!...
Las mujeres lloraban: Rosario, la esposa despreciada y estéril, conmovíase ante la locura de la maternidad herida y con honda conmiseración perdonaba á su rival.
Y en lo alto, dominándolos á todos, estaba la tía Picores, erguida y soberbia como la venganza, indiferente á todos los dolores, con las faldas ondeantes como una bandera que azotaba sus piernas.