É intentó vestirse el salvavidas, pero no tuvo tiempo. Fuése sobre él su hermano, y en la cubierta resbaladiza, movible, invadida á cada instante por el mar, sonó un pataleo de lucha y Tonet cayó de espaldas.

Su hermano le había hundido dos veces la faca en un costado. Por fin satisfacía la fiebre de destrucción que le animaba desde la noche anterior.

Sin saber casi lo que hacía, enfardó al muchacho en el salvavidas, y como si fuera un saco de lastre, lo arrojó por encima de la popa, viendo cómo flotaba y desaparecía tras la cresta de una ola.

Ahora á morir como todos los de la familia; á ser recogido en la playa como un salivazo de las olas, como recogieron á su padre.

Todo había pasado á bordo de la barca con gran rapidez.

La muchedumbre que estaba en la punta de la escollera, veía la Flor de Mayo saltando como un ataúd sobre las olas, sin dirección, cual un juguete de la tempestad.

Los truenos sonaban cada vez más lejanos: cesaba la lluvia, pero el vendaval seguía soplando furioso y el oleaje era cada vez más fuerte.

Los hombres de mar nada vieron de la lucha ocurrida en la barca; el drama quedó ignorado. Pero distinguieron cómo el Retor arrojaba por la popa un gran fardo que, flotando sobre las revueltas aguas, iba aproximándose á la escollera para estrellarse sobre las rocas.

Poco después sonó el último grito de angustia. Flor de Mayo era cogida de costado por una ola enorme y rodaba por algunos instantes con la quilla al aire, desapareciendo por fin.

Las mujeres santiguábanse, mientras que otras rodeaban á Dolores y Tona, sujetándolas para que no se arrojasen al mar.