El Retor lanzó un terrible juramento. No; su hermano no saldría de la barca: no intentaría salvarse, moriría con él, y aun así no lo pagaba todo.

Lo supremo de la situación hacía reaparecer en Tonet el matoncillo del puerto, el perdido incapaz de respetos, y sonreía feroz y despreciativamente, mirando á su hermano.

En la actitud de los dos hombres había algo que asustaba más que la tempestad.

¡Pare!... ¡Pare!—repitió el niño con voz débil, agitándose en sus ligaduras.

Entonces recordó el Retor que el muchacho estaba allí; y sombrío, silencioso, soltó el timón. Llevaba en la mano su faca de marinero, y de un solo golpe cortó las ligaduras del muchacho.

¡Tú... el chaleco!—ordenó con voz seca é imperativa á su hermano.

Pero éste le contestó con un ademán indecente, é intentó introducir sus brazos en el armazón de corcho.

¡Canalla! Pascual sentía la necesidad de hablar, de decirlo todo, aunque fuese con pocas y atropelladas palabras. ¿Creía que aun estaba ciego? Lo sabía todo; él era quien en la noche anterior le había perseguido por las calles del Cabañal cuando salió de dormir con la... púa que estaba en tierra. Si no le mataba era porque iban á morir juntos.

Pero aquel chico, el que él llamaba antes su Pascualet, no era culpable y no debía morir. Tal vez se ahogase; sería lo más seguro; pero como á niño inocente, á él le correspondían las probabilidades de salvación. ¡Pronto... el chaleco, Tonet! Era para su hijo, para el fruto del engaño y de la infamia. Aunque era tan canalla, debía acordarse de ser padre. ¡A obedecer, ó lo mataba como un perro!

Pero Tonet sonreía de un modo feroz y le contestaba con cinismo. Tal vez no se engañase Pascualo y el chico fuese su hijo; pero la piel propia era lo primero.