La barca ya no obedecía al timón. El mar la hizo emprender una carrera loca hacia los peñascos, y lo único que conseguía el patrón á costa de muchos esfuerzos, fué que no presentara sus costados al oleaje.
Por una casualidad no chocó contra las piedras. Un golpe de mar la elevó á tiempo y pasó como una flecha ante el extremo de la escollera, viendo Pascualo como aparición momentánea aquellos pedruscos, y sobre ellos muchas caras amigas.
¡Qué angustia! ¡Estar á la vista de ellos, poder oir su voz, y sin embargo, morir! A los pocos instantes estaban ya lejos de la escollera. Iban rectamente hacia Nazaret, á perecer en el arenal donde tantos barcos estaban enterrados.
Tonet, que parecía amodorrado por los golpes de mar, se reanimó al pasar frente á la escollera. Fué una visión de vida que iluminó su resignada desesperación.
No; él no quería morir, se defendería del mar y de la tempestad mientras pudiese. Entre ahogarse de allí á media hora en el arenal ó despedazarse en la escollera en un intento de salvación, prefería esto. Por algo era el mejor nadador del Cabañal.
Y á gatas, expuesto á ser arrastrado por las olas, llegó hasta una escotilla, destrozada por los golpes de mar, y se hundió en la cala.
El Retor le miraba con desprecio. No estaba arrepentido de su obra. Dios era bueno y le evitaba un crimen. Dentro de unos instantes perecería con el hermano traidor, y en cuanto á la que estaba en tierra, que viviese. ¿Había acaso peor tormento que seguir en el mundo? Ahora conocía él el engaño de la vida. La única verdad era la muerte, que nunca falta ni engaña. Y también era verdad la hipocresía feroz del mar, que calla sumiso, se deja robar por los pescadores, los halaga, haciéndoles creer en su eterna bondad, y después, con un zarpazo hoy y otro mañana, los extermina de generación en generación.
Estas ideas se sucedían en él rápida y desordenadamente, como si la proximidad de la muerte excitase su pensamiento.
Pero al ver que reaparecía Tonet en la ruinosa cubierta, profirió una exclamación de sorpresa, incorporándose sobre las movedizas tablas. Su hermano llevaba en las manos el chaleco salvavidas, el regalo de la siñá Toná, que había quedado olvidado en la cala.
Tonet no se inmutó ante la mirada fulgurante y la voz bronca de su hermano... ¿Que adónde iba? A lanzarse al mar. Había llegado el momento del ¡sálvese quien pueda! Él no quería morir encerrado allí como una rata, quería mejor que le aplastasen las olas sobre la escollera.