Las barcas, aunque con gran trabajo, doblaban la escollera é iban entrando en el puerto saludadas por los gritos de alegría de las familias que corrían hacia el Grao para abrazar á los suyos.
Conforme entraban las embarcaciones de pesca, disminuía la muchedumbre en la punta de la farola.
La embocadura del puerto iba haciéndose por momentos más inabordable. Tres barcas quedaban á la vista, y durante una hora tuvieron á toda la muchedumbre con el corazón en un puño, luchando con la marejada feroz que las empujaba sobre las piedras.
Entraron por fin: un suspiro de satisfacción dilató los pechos, y entonces fué cuando en el brumoso horizonte comenzó á marcarse una barca solitaria avanzando velozmente, á pesar de que navegaba casi á palo seco.
Los marineros que estaban entre las rocas tendidos sobre el vientre para presentar menos blanco á las voraces olas, se miraron con un gesto de tristeza. Aquella pagaba el pato. Lo que es la rezagada no entraba: lo afirmaban como hombres expertos en tales luchas. Llegaba demasiado tarde.
Y su prodigiosa vista de hombres de mar reconoció al poco rato la barca, que tan pronto parecía volar como se sumergía por algunos instantes. Era la Flor de Mayo.
La madre y la mujer del Retor gritaban como locas. Querían arrojarse al mar; ir cuando menos hasta los peñascos más avanzados que asomaban entre la espuma como cabezas de gigantes submarinos.
La conmiseración popular, el afecto que la desgracia despierta en las muchedumbres, rodeaba á las dos pobres mujeres.
Ya nadie maldecía al Retor: todos se olvidaban de su temeridad contagiosa y procuraban consolar á las dos mujeres con falsas esperanzas. Algunos marineros se colocaban entre ellas y el mar, evitando que presenciasen la fiera lucha, cuyo triste fin adivinaban.
La angustiosa situación duró una hora: lo bastante para encanecer. Cuando la Flor de Mayo fué envuelta por las dos olas y reapareció sin mástil, con la cubierta rasa, un alarido de horror sonó en la muchedumbre. Estaban perdidos: ¡á morir!