Todo el barrio de las Barracas estaba allí sobre el murallón de rojos pedruscos, con el pecho palpitante y la mirada ansiosa, tan atento á la lucha de los hombres con el mar, que apenas si se fijaba en las olas que escalaban el escollo, amenazando arrastrar consigo á la muchedumbre.
Al sonar los primeros truenos habían corrido todos cual rebaño asustado á la punta de la farola, como si su presencia pudiese ayudar á los parientes y amigos en la terrible lucha por entrar en el puerto. Llegaron corriendo bajo el aguacero furioso, combatidos de frente por el vendaval, que arremolinaba las faldas, oprimía los vientres y zumbaba cruelmente en los oídos; las mujeres, con los brazos en alto, cubiertas de la lluvia por el ondeante mantón; los hombres, con chubasqueros y botas altas, todos gritando de terror, saltando de pedrusco en pedrusco, deteniéndose muchas veces para dejar pasar alguna ola que, saltando la escollera, caía en el antepuerto, y resbalando en el rodeno mojado que parecía sudar la cólera de la tempestad.
En el sitio más avanzado, sobre las últimas rocas donde bullían los espumarajos y se rompían las olas, estaba Dolores, pálida, desmelenada, agarrándose á la siñá Tona, que parecía próxima á la locura.
Su chico, su Pascualet, estaba allá... y también los otros. Y se tiraban del pelo, lanzando los más atroces juramentos de la Pescadería, hasta que de pronto, deteniéndose y cruzando las manos sobre el pecho, hablaban con tono suplicante de pagar misas, de enormes cirios, dirigiéndose á la Virgen del Rosario ó al Santo Cristo del Grao, como si estuvieran allí junto á ellas.
La mujer de Tonet, agazapada tras una piedra, arrebujándose en el mantón, miraba el mar con la inmovilidad de una esfinge, dejándose alcanzar por los espumarajos de las olas, que la mojaban de pies á cabeza. Arriba, en lo más alto de la escollera, erguíase soberbia, con expresión amenazante, la enorme mole de la tía Picores. Temblaba de ira su arrugada boca, amenazaba á las olas con el puño cerrado, y á pesar de su grotesca figura, había en ella cierta sublimidad, algo que recordaba los apóstrofes del trágico inglés.
—¡Sorra!—gritaba con su voz ronca, amenazando á la mar—. ¡Dòna habíes de ser!
Y la lluvia cayendo cada vez con más fuerza, el vendaval bamboleando como cañas á los que se separaban de los grupos, y las ropas, empapadas por el agua del mar y la del cielo, pegándose á las carnes, chorreando, haciendo toser á la gente, que se olvidaba de sí misma mirando el rebaño de barcas que se aproximaban en tropel.
¡Qué de maldiciones contra el Retor!
Aquel lanudo tenía la culpa de todo: él era quien había inducido á tanto hombre de bien á lanzarse en el peligro. ¡Ojalá se lo tragase la mar!
Y las mujeres de la familia bajaban la cabeza, anonadadas por la indignación pública.