Pero el Retor no le escuchaba. El chasquido que oyó á continuación del golpe de mar, le preocupaba, y adivinando el peligro, no apartaba la vista del mástil, que á pesar de su robustez se cimbreaba de un modo alarmante.
En el tope agitábase el ramillete del bautizo, manojo de hierbajos y flores secas que el huracán iba arrebatando como señal de muerte.
Ni siquiera oía á Pascualet que, con el rostro desfigurado por una mascarilla de sangre y aterrado al presentir la catástrofe, gritaba con voz que parecía un balido:
—¡Pare!... ¡Pare!
¡Ah! su padre poco podía hacer. Evitar como podía los furiosos golpes, meter la barca muchas veces entre dos olas y librarla de que fuese pillada de costado. Pero doblar la escollera, resultaba imposible.
La quebrantada Flor de Mayo vióse de pronto como en el fondo de una sima, entre dos muros brillantes, pulidos, de sombría agua, que avanzaban en opuesta dirección é iban á chocar, pillando en medio la barca.
Esta vez hasta el patrón dió un grito de pavor. Fué instantáneo el choque. La barca vióse envuelta en un torbellino de agua, dió un crujido horrible, como uno de los truenos secos que conmovían el espacio, y cuando al fin salió á flote pesadamente, su cubierta estaba rasa como la de un pontón; el mástil se había roto á ras de las tablas, y palo y vela, con los hombres amarrados, habían desaparecido.
El Retor aun creyó ver entre las espumas de una ola que se alejaba el cadáver mutilado, y junto á él la cabeza del tío Batiste, mirando á lo alto con expresión de asombro.
Ahora sí que podían darse por perdidos.
La rotura del mástil la habían visto todos desde la escollera, y un grito de horror proferido por centenares de bocas sonó cuando Flor de Mayo reaparecía sobre las aguas desmantelada y á merced de las olas.