¡Recristo! Era muy triste morir á la vista de los amigos, oyendo casi sus voces y sin poder recibir auxilio. ¡Perra mar!... ¡Chochino Levante! Y el Retor, enfurecido, insultaba á las olas, y en su desesperación las escupía, mientras la barca tan pronto se encabritaba hasta ponerse derecha, como se arrojaba proa abajo en los hirvientes remolinos. Causaba vértigos el zarandeo interminable, y el mástil lo mismo se inclinaba á babor metiendo la verga en el agua, como caía sobre el costado opuesto, desapareciendo en las olas la mitad de la cubierta.
¡Allá va! ya empezaban los golpes de muerte. Y una ola lívida, traidora, sin espuma y sin ruido, cayó sobre la popa, cubriendo toda la barca, barriéndola con una manotada feroz.
El patrón recibió el golpe en la espalda y se dobló hasta juntar la cabeza con los pies, pero sin soltar el timón ni moverse de aquellas tablas, en las que parecía incrustado. Sintióse sumergido por algunos instantes, oyó un chasquido enorme, como si la barca se despedazase, y al surgir del agua sintió el roce de un objeto que, empujado por las olas, iba de una parte á otra como un proyectil.
Era la pipa del agua. El furioso golpe de mar había roto sus amarras y rodaba sobre la cubierta con velocidad arrolladora, aplastándolo todo á su paso.
Dió un golpe á Pascualet en el rostro, ensangrentándole, y después, como un enorme martillo, cayó sobre la base del mástil, donde estaban amarrados el tío Batiste y los dos marineros.
Aquello fué tan rápido como espantoso. Sonó un grito horrible. El Retor, á pesar de su ánimo, se cubrió los ojos con sus manazas.
El barril, como poderosa catapulta, había caído de lleno sobre uno de los marineros, el más joven, aplastándole la cabeza; después de su crimen, la barrica, manchada de sangre, saltó fuera de la barca como criminal que huye, hundiéndose en la espuma.
La cabeza aplastada era una repugnante masa sanguinolenta, de la cual arrancaba el oleaje nuevas piltrafas. El viejo pescador y el otro marinero tenían que permanecer amarrados en contacto con el mutilado cadáver, sintiendo en sus rostros, con los rudos vaivenes de la barca, las rozaduras del muñón espantoso que les rociaba de sangre.
El tío Batiste clamaba con desesperación. ¡Señor! que acabase pronto aquel tormento nunca visto. ¿Cuándo se había hecho sufrir á hombres honrados una prueba semejante?
Su voz débil y cascada sonaba con esfuerzos de desesperación sobre el pavoroso mugido del viento y la tempestad. Llamaba al Retor rogándole que abandonase el timón y no se esforzara en luchar contra lo imposible. Su última hora había llegado, y antes de prolongar tales angustias, era preferible dejar que la barca se fuera sobre las rocas, haciéndose mil pedazos.