Pero el Retor se sentía con ánimo para todo. Si no podían entrar en el puerto seguirían á lo largo corriendo el temporal.

El tío Batiste movía su cabeza con la misma expresión triste. Tampoco podía ser. El temporal duraría dos días por lo menos, y si la barca resistía el mar, no por esto iba á librarse de encallar en Cullera, ó de ir, cuanto más, á hacerse trizas en el cabo de San Antonio. Más valía intentar la entrada en el puerto. Para morir de todos modos, era mejor allí, á la vista de sus casas, en el mismo lugar donde habían perecido muchos de sus antecesores, cerca del milagroso Cristo del Grao.

Y el tío Batiste, revolviéndose en sus ligaduras, hurgábase el pecho para sacar por entre la camisa un crucifijo de bronce oxidado por el sudor, y que besaba con devoción.

Esto reanimaba á los demás. ¡Cristo! Bueno estaba el tiempo para beaterías. Tonet se burlaba con risa fúnebre, y los otros dos marineros increpaban al viejo con las más terribles maldiciones, como si el peligro, en vez de aterrarles, aumentara su desesperación, que se traducía en impiedades.

El Retor levantaba los hombros con indiferencia. Él era buen creyente; el cura del Cabañal podía atestiguarlo, pero estaba seguro de que allí no había más Cristo milagroso que él, si la barca le obedecía y á la entrada del puerto daba con oportunidad un golpe de timón.

Bien se adivinaba en la Flor de Mayo la proximidad de la escollera. El mar presentábase cada vez más agitado; ya no eran las olas únicamente de popa, sino que retrocediendo el mar al encontrarse con el obstáculo de piedra, acometía á la barca por la proa, formando las aguas espantosos remolinos. Eran dos mangas las que había de sufrir: la del temporal y la del gigantesco escollo formado por los hombres.

La Flor de Mayo, crujiendo dolorosamente á pesar de su sólida construcción, apenas si obedecía al timonel é iba como una pelota lanzada de ola en ola, tan pronto impulsada hacia adelante por el vendaval, como retrocediendo casi sumergida por un golpe de mar.

Las escotillas estaban bien cerradas, y por esto la barca, después de pasar sobre ella las montañas de agua, volvía á reaparecer flotando valientemente.

El patrón se convencía de lo desesperado de la situación. Estaban cogidos por la horrible marejada de la escollera. Seguir adelante corriendo el temporal, era ya imposible; había que meterse en el puerto ó perecer en la entrada.

Distinguía ahora claramente la muchedumbre que pululaba sobre la escollera, alcanzada muchas veces por el oleaje; llegaba á la barca su griterío de terror.