Á su hermano y su hijo no quería mirarles: nada se perdía con que pereciesen; aun renacía en él la ferocidad de la venganza; pero ¿y los otros? ¿y los dos marineros que tenían sus madres, viejas pescaderas á las que mantenían? ¿y aquel tío Batiste, el amigo de su padre, salvado milagrosamente de tantos peligros?
No; él no tenía ningún derecho para arrastrarles á la muerte: era un criminal. Y al ver al viejo marino y sus dos jóvenes compañeros casi tendidos sobre la chorreante cubierta, amarrados con tanta fuerza que las ligaduras les penetraban en las carnes y aturdidos por los golpes de mar que caían sobre ellos como triturante martillo, se olvidaba de que él también estaba en peligro; apenas si se fijaba en las olas que le envolvían sin conmover su corpachón, que parecía incrustado en la popa, y sentía dentro del pecho una pena semejante á la de la noche anterior.
Era preciso vivir, salvarse. Cuando estuviera en tierra ya arreglaría sus asuntos de familia ó se mataría; ahora lo interesante era llegar al puerto con toda su tripulación. Bastante le pesaban sobre la conciencia el pobre grumetillo que desapareció al virar y los que tripulaban la otra barca de la pareja.
Y el Retor ponía toda su atención en el gobierno de la Flor de Mayo. El presente no le inquietaba. La barca era fuerte y el temporal se presentaba por la popa; pero pensaba con terror en la entrada del puerto, aquella lucha suprema donde tantos perecían.
Á lo lejos, esfumada en el ambiente denso de la lluvia y las nubes que levantaba el oleaje, marcábase la escollera como el lomo de una ballena encallada por el temporal. ¡Ah! ¡Si él consiguiera doblarla!...
Y cuando la barca, después de quedar hundida en el agua, surgía remontándose á la cumbre de una ola, el patrón miraba ansiosamente la aglomeración de rocas que asaltaba el mar, y en cuya cima bullían innumerables puntos negros, gente, sin duda, que presenciaba con angustia el terrible combate de la tempestad con los hombres.
El Retor temblaba al pensar en la próxima lucha. No se veía ninguna barca. Muchas estarían ya en el puerto: las demás se habrían perdido.
En su inquietud, sentía la necesidad de fortalecerse, y habló al tío Batiste.
Él que tan bien conocía el golfo, ¿qué opinaba de aquello?
El viejo, como si despertase, movía tristemente la cabeza, y en su cara de chivo viejo marcábase un gesto de valiente resignación que le embellecía. Todo tendría fin dentro de una hora; hombres y barca. La entrada en el puerto era imposible. Lo aseguraba él, que en toda su larga vida no había visto otro Levante tan furioso.