En la Flor de Mayo dominaba el terror y el asombro de los primeros momentos de peligro.
El trance era supremo. Los truenos se sucedían sin interrupción; rasgábase el plomizo horizonte por todas partes en el zigzag de los rayos, culebras de fuego que se sumían en las aguas para apagar sus entrañas incandescentes; sobre el estrépito de las olas retumbaban los truenos; unos secos, espeluznantes, como descargas de artillería, que el eco repetía hasta lo infinito; otros prolongados, silbantes, como una rasgadura interminable; y cruzaba el espacio un furioso aguacero, como si quisiera desbordar el mar furioso, dándole nueva fuerza.
El Retor se sobrepuso pronto al terror de los suyos.
¿Qué era aquello, recordons? ¿Pescadores del Cabañal y temblaban? Parecía que se hubieran embarcado por primera vez. ¿Acaso no conocían las bromas del Levante? Aquello pasaría; y si no pasaba, ¿qué remediaban con el miedo? Los valientes deben morir en el mar. Ya sabían el dicho: «más valía ser comido de carranchs que no que les cantasen els capellans». ¡Ánimo, recristo! Á atarse todo el mundo, que por el momento nada necesitaba la barca, y lo importante era librarse de los golpes de mar.
El tío Batiste y los dos marineros se amarraron al mástil por la cintura; Tonet ató sólidamente á su sobrino á una argolla de popa, y él, viendo que su hermano por un alarde de serenidad seguía sentado junto al timón con el cuerpo libre, le imitó, agazapándose tras la borda, agarrando con sus manos crispadas los salientes de la barca.
Reinaba un silencio fúnebre á bordo de Flor de Mayo. La furiosa marejada agitaba los algares del fondo; la espuma era amarillenta, sucia, biliosa, y los pobres marineros, calados por la lluvia y por las olas, sufrían los latigazos del mar, los golpes de agua y algas que les cortaban cruelmente la dura epidermis.
Cuando la ola los elevaba á prodigiosa altura y la barca quedaba con la quilla al aire como si fuese á emprender prodigioso vuelo, veía el Retor á lo lejos, perdidas en la bruma del horizonte, las otras barcas del Cabañal navegando casi á palo seco, empujadas por el temporal hacia el puerto, cuya entrada era un peligro aun mayor que permanecer en el mar corriendo la borrasca.
El marido de Dolores sentía hondo remordimiento. Parecíale que despertaba después de penoso sueño: la noche pasada en las calles del Cabañal, la borrachera de la playa y el imprudente embarque, recordábalos ahora como vagas pesadillas.
¡Loco! ¡miserable! Se avergonzaba de sí mismo. Era más criminal que los que le habían hecho traición. Si estaba cansado de la vida, podía haberse atado una piedra al cuello y arrojarse al mar de cabeza en la escollera de Levante. ¿Pero con qué derecho su locura había llevado á la muerte á tanto padre honrado? ¿Qué dirían de él en el Cabañal, viendo que por su culpa medio pueblo se había arrojado en medio de la tempestad?
Recordaba á los tripulantes de la vieja barca de su pareja que habían sido tragados por el mar casi á su vista; pensaba en las muchas embarcaciones que seguramente habrían perecido á aquellas horas y miraba avergonzado á sus compañeros de tripulación, amarrados, azotados por las olas y lanzados en el peligro por obedecerle.