Y aunque el vaso no fuera de quinset, por no ser aún época de helados, todas las viejas, aprobando la filosofía de su compañera, se sorbieron los vasos de tisana dulce, expresando algunas su satisfacción con ruidosos eructos.

Pero la tía Picores iba indignándose ante la silenciosa reserva de las dos rivales. ¡Qué! ¿Iban á estarse así toda la vida? ¿Es que sus palabras no valían nada? Á ver: Rosario, que era la más culpable.

Y la mujercita, siempre con la cabeza baja, tirando de los flecos de su mantón, masculló algo confusamente sobre su marido, y al fin dijo con lentitud:

Yo... si esta me promet... ferli mala cara...

Dolores saltó inmediatamente, irguiendo su soberbia cabeza.

¡Hacer mala cara! ¿Era ella acaso algún coco, algún butòni para asustar á las personas? Además, Tonet, el dichoso marido de la otra, era hermano de su hombre, y á un cuñado no se le puede cerrar la puerta ni recibirlo con cara de vinagre. Pero al fin... ella era buena; ella no tenía ganas de ruidos; ella quería vivir en santa paz y no le gustaba tampoco que la llevaran en lenguas. Todo eran líos, mentiras de la gente que no sabe cómo enguerrar á los buenos matrimonios. ¡Que ella había sido novia de Tonet antes de casarse con su hermano!... ¿y qué? ¿Era la primera vez que ocurría esto? ¿Y qué otro motivo había para que la armasen tales calumnias?... Lo volvía á repetir: quería paz y tranquilidad. Hacer mala cara, eso no; pero prometía que si alguna confianza se tomaba con Tonet, como á cuñado que era, no volvería á repetirla para que las malas lenguas no tuviesen donde agarrarse.

La tía Picores estaba radiante. Así le gustaban á ella las personas. Buen corazón ante todo. ¡Qué! ¿estaba contenta Rosario? ¿No era bastante? Ahora un abrazo y todo se acabó.

Y de mala gana, casi empujadas por las viejas, las dos cuñadas se abrazaron sin levantarse de las sillas.

La tía, satisfecha de su triunfo, hablaba por los codos. Era una locura que las mujeres riñesen por un hombre. Lo que ella decía. ¿No había de sobra hombres en el mundo? Eso es lo que querían los muy granujas; que riñesen por ellos, para crecerse y hacer su santa voluntad.

La mujer debía tener agallas, sí señor; muchas agallas. Ser como ella, que cuando su difunto le hacía una, sabía traerlo al orden, y hasta si era preciso, obligarle á que le pidiese perdón.